Hoy el día me empuja a hacer
cuando yo solo quiero permanecer:
en silencio, desconectada,
dormida, apagada.
Pedir un descanso que no quiero,
construir un día que no correspondía,
estar donde no creo que debo,
asumir una nueva guerra
que ya no sé si es mía.
Sonreír para que nadie pregunte,
verme más fea que hace días,
comprar un tratamiento que no necesito,
levantar la bandera blanca
solo para salvar este día.
Porque hasta la piedra pierde materia
con cada embestida.
De compañero de viaje
para esta triste letanía,
un dolor de cabeza que aprieta,
que embota y que castiga.
Y yo lo acepto.
Es mi pago por querer transformar
los caminos ya escritos en mi vida.
Por querer luchar una guerra
que hoy no siento que sea mía.
De armas elijo el tiempo.
Ese que no se detiene por mucho que lo pidas,
el que avanza impasible
a ritmo de caballería,
el que no te permite permanecer
porque avanzas… o te derriba.
Por bandera, un retal de mi vestido.
El jirón que sobresale por las roturas del camino:
que me recuerde de dónde vengo,
que me enorgullezca de no querer seguir ahí,
que me recuerde dónde quiero ir.
Y como himno… mi voz desnuda.
La que nunca encontró la nota establecida,
la que me acompaña en las noches
que no preceden día,
la que cambia su discurso
a medida que aprende a escuchar a Lucía.
La que me empuja.
La que me recuerda que esta guerra,
por primera vez,
SÍ QUE ES MÍA.

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